Nacen en silencio.
No conocen el cielo, ni el viento, ni el tacto del sol.
Desde el primer día, sus vidas están medidas, contadas, destinadas a terminar antes siquiera de empezar.
Cada respiro que dan ocurre dentro de un sistema que los ve como recursos, no como individuos.
Un número, un cuerpo, una estadística más en una industria que aprendió a convertir el dolor en rutina.
A algunos les arrancan a sus hijos, a otros los encierran en jaulas donde apenas pueden moverse.
Y cuando llega el final, no hay libertad, ni justicia, ni consuelo.
Solo la repetición infinita de una historia escrita por el poder del más fuerte.
Eso es el especismo: la idea de que unos merecen vivir y otros solo existir para servirnos.
Pero no hay jerarquía en la capacidad de sentir.
Ellos también aman, temen, recuerdan.







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