El lince, animal protegido en serio riesgo de extinción, se revuelve en la trampa no selectiva diseñada para cazar sin matar, aunque poco importe al trampero si el resultado de la captura es un fatal desenlace. Al inspeccionar el cebo con la mano, la tenaza del artefacto aprisiona al animal, con suerte, de la pata delantera; de haberle enganchado la cabeza podría haber caído en el acto. A pesar de que a veces la ciencia se pone al servicio de la barbarie, no se ha calculado la fuerza de este instrumento en newtons, aunque se sabe que la opresión de su mecanismo de aplastamiento es similar a la mordida de un mastín. La naturaleza rebelde de los felinos hace que el indómito lince bregue, aunque con insuficiente fuerza. El bloqueo de la garra metálica le ha partido los dos huesos de la pata, el cúbito y el radio. La batalla por escapar es a vida o muerte. Desde su “irracionalidad” entiende que la desgracia no acaba en la lesión, sino en la captura por parte de quien colocó la trampa. Tira desesperado, el miedo puede más que el dolor. Está exhausto pero insiste, forcejea, vuelca, tuerce y se retuerce; cualquier cosa antes que rendirse a la crueldad del trampero. Todas sus virtudes como depredador son anuladas al pasar a ocupar el lugar del apresado: su olfato, su oído, su velocidad, su astucia... Nada de eso le sirve; sólo el estímulo de la existencia, el derecho a la supervivencia.
Fragmento de Zalagarda,
historia de una infamia
Matías Argumánez

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