03 abril 2026

  

EL HERMANO FRANCISCO

 


 

 


En la carretera que va hacia Forli, allá donde se desvía el camino hacia Lugo, se detuvo en casa de un herrero un monje que pedía limosna. Era más bien pequeño, como un poco encogido, y mostraba con su amplia sonrisa unos cuantos dientes amarillentos.


-Hermano herrero -dijo alegremente- ¡alabado sea Dios! Hoy todavía no he comido.

 


 El herrero se incorporó. Se secó el sudor y pensó algo sobre la gente que vagabundea…


-Pase usted -gruñó-; por ahí encontrará un poco de queso. La mujer del herrero estaba encinta y era piadosa. Quiso besar la mano del monje, pero éste escondió rápidamente ambas manos y tartamudeó:

-Madrecita, ¿que le parecería si le besase yo las manos a usted? Me llaman el hermano Francisco, el mendigo ¡Dios la bendiga!

 


 

 -Amén -suspiró la joven esposa del herrero, y fue en busca de pan, queso y vino.


El herrero no era muy hablador. Miraba al suelo y no sabía qué decir.


-Y ¿de dónde viene, Dómine? -preguntó finalmente.

 


 

 -De Asís -dijo el monje- . Un buen pedazo de camino, hermano. No creería usted la de riachuelos, viñedos y sendas que hay por el mundo. Uno no puede cruzarlos todos, y debería, amigo, debería. En todas partes hay criaturas de Dios, y cuando caminas es como si rezaras.


-Yo llegué una vez hasta Bolonia -contó el herrero pensativo-, pero ya hace mucho tiempo. Ya sabe usted, Dómine, un herrero no puede llevar consigo su taller.


El monje afirmó con la cabeza.

 


 

 


-Trabajar el hierro -dijo-, herrero, es como servir a Dios. El fuego es hermoso y santo. El hermano fuego, caramba, es una viva criatura de Dios. Cuando el hierro se reblandece y permite que se le moldee… ¡eso es belleza, herrero! ¿Cómo no? Y mirar el fuego es como sentir una revelación. El monje se abrazó las rodillas como un muchacho y empezó a contar más cosas sobre el fuego.


El fuego de los pastores, el fuego humeante de los viñedos, las llamas de los sarmientos, la candela y los arbustos encendidos. Mientras la mujer del herrero puso en la mesa un mantel blanco y sacó pan, queso y vino. El herrero guiñaba los ojos absorto, como si mirase el fuego.

-Padre -dijo en voz baja la mujer del herrero, ¿desea usted comer?


El hermano Francisco partió el pan con las manos y miró interrogador al herrero y su mujer.

 


 

 ¿Y qué os ocurre a vosotros dos que estáis tan silenciosos e incómodos? -se preguntó extrañado- . Una gente tan buena; el hombre fuerte como un oso y la mujer en estado de buena esperanza… ¿Que os ocurre, qué os angustia?” A Francisco le creció el bocado en la boca, de pena y confusión.


¿Cómo podría alegraros, gente de Dios? He de contaros graciosas aventuras ocurridas en mis caminatas? ¿Debo cantar y saltar para alegrar a la mujer que está esperando?”.


La puerta se abrió un poco. Entonces la mujer del herrero levantó la mano y palideció. En la puerta apareció la cabeza humillada de un perro y unos ojos implorantes y asustados.

 

 


 


El herrero saltó, con las venas de su frente repletas de sangre, y corrió hacia la entrada:

-¡Vete, bestia maldita! -gritó-, y dio un puntapié en la puerta. El perro gimió y huyó.


El hermano Francisco se entristeció y, como no sabía que hacer, se puso a formar bolitas de pan.


-Herrero, herrero… -exclamó-, ¿que os ha hecho esa criatura de Dios?.

 


 

 

 El herrero se volvió preocupado hacia su esposa.


-Juliana… -gruñó- ¡vamos, mujer, vamos!


La mujer trató de sonreir, sus labios temblaron, se levantó pálida, se tambaleó, y se marchó sin decir palabra. El herrero la miró entristecido mientras se iba.

 


 

 -Hermano -murmuró Francisco compadecido-, ¿por qué arrojas de tu casa al hermano perro? Yo también debo irme.


El herrero soltó enfadado:


-Pues para que usted lo sepa Dómine… -dijo ásperamente-, ese perro… Por la Pascua Florida esperábamos visita. Tenía que venir de Forli la hermana pequeña de mi mujer, una niña todavía. No llegó… Al cabo de catorce días, vinieron a recogerla sus padres. Buscamos a la pequeña por todas partes sin encontrar señales de ella.

 

 


 

 Una semana antes de la Pascua de Pentecostés nuestro perro regresó un día, no sabemos de qué parte del campo, trayendo algo en la boca que depositó en el umbral. Fuimos a ver lo que era y… ¡descubrimos las entrañas de la niña! Solamente después encontramos lo que había quedado de ella.


-El herrero se mordió los labios tratando de dominarse-


No sabemos quién lo hizo. ¡Dios ya se encargará de castigar al asesino! Pero ese perro, Dómine… -El herrero hizo un gesto con la mano-. Lo peor es que no soy capaz de matarlo, y no se marcha de aquí por nada del mundo. Da vueltas alrededor de la casa y suplica… Puede usted imaginarse. Dómine, el horror… -El herrero se tapó el rostro bruscamente-. No podemos ni mirarlo… Por la noche aúlla ante la puerta.


El hermano Francisco tembló.


-Ya lo ve usted -gruñó el herrero-. Perdóneme, Dómine, voy a ver qué le pasa a Juliana.


El monje se quedó sólo en el aposento; sentía hasta angustia debido a aquel silencio. Fue de puntillas hasta la puerta. A cierta distancia de ella había un perro amarillento, tembloroso, con el rabo entre las patas y mirándole con ojos inseguros. El hermano Francisco se dirigió hacia él. El perro movió la cola y aulló en espera de una reacción.

 


 ¡Pobre criatura! -murmuró Francisco, y trató de mirar hacia otra parte; pero el perro movía la cola y no le quitaba los ojos de encima-.


¿Eh? ¿qué quieres? -murmuró el hermano Francisco sin saber qué hacer-. Estás triste ¿verdad hermano? Es difícil… -El perro no se movía del sitio y temblaba muy excitado-. Pero hombre… bromeó Francisco- Nadie quiere hablar contigo, ¿no es eso? -El animal se arrastró gimoteando a los pies del monje. Al hermano Francisco le resultaba un tanto repugnante-. Vete, vete de aquí -trató de convencerle-. No debiste hacerlo, hermano; era un cuerpecito santo de niña… -El perro se sentó a los pies del santo y lanzó un quejido-. Para ya, por favor -dijo el hermano Francisco inclinándose sobre el chucho. El perro se quedó inmóvil en el colmo de la espera.


En aquel momento el herrero y su esposa salieron a la puerta, buscando a su huésped. Y hete aquí que el monje estaba inclinado junto a la puerta, rascándole la oreja al angustiado animal y diciéndole en voz baja:


-Ya ves lo que ocurre, hermano, ya ves lo que ocurre, pequeño, ¿por qué me lames las manos?.


El herrero resopló y Francisco se volvió hacia él y le dijo con sencillez:


-¿Sabe, herrero… como estaba suplicando…? ¿Cómo le llamaban?


-Bracco -gruñó el herrero.


-Bracco -dijo el santo Francisco, y el perro, agradecido, le lamió la cara-. Basta ya, hermano, muchas gracias. Tengo que marcharme ya, herrero…


De pronto no sabía cómo despedirse. Estaba ante la mujer del herrero y pensaba, con los ojos entornados, alguna bendición para decírsela.


Cuando los abrió, la joven mujer estaba ante él de rodillas y tenía puesta la mano sobre la cabeza del perro amarillo.


---¡Bendito sea Dios! -respondió Francisco, y mostró sus dientes amarillentos-.

¡Dios os lo pagará!.

 


 

 Y el perro loco de alegría, empezó a dar vueltas alrededor del santo y de la mujer arrodillada.




AUTOR: Karel CAPEK

Checoslovaquia 1.890-1938


Este cuento se publicó en 1.932



Karel Čapek (1890–1938)

fue un influyente escritor, dramaturgo y periodista checo, figura clave del período de entreguerras. Célebre por acuñar la palabra «robot» en su obra R.U.R. (1920), exploró la ciencia ficción, el antiautoritarismo y el impacto del progreso técnico con humor e ironía. Fue un destacado intelectual antifascista. 







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