Escribo estas líneas mientras escucho como banda sonora de fondo la música de las motosierras. Como cabía esperar, y para aligerar la faena del cemento, se ha tirado esta mañana el primer olmo de la calle Orense. Y cuando digo tirado es que viene la excavadora, le mete un empujón y allá caiga el árbol donde buenamente pueda. En este caso ha caído sobre una parcela vacía, a la derecha de la calle. Supongo que los dueños exigirán daños y perjuicios, aunque sea por la valla, pero tal y como funciona la justicia en este país ya pueden esperar sentados. Luego han venido corriendo los bomberos y oye, qué bien y qué barato, porque es más fácil cortar el olmo a ras de suelo que subirse al árbol e ir podando... Es que el barrio de la Paz, como su nombre indica, es muy pacífico y no se achanta por nada.
En esta tierra nuestros próceres siempre tiran por lo fácil. Es más fácil echar baldosa y cemento cuando no hay árbol, ¡dónde va a parar! Ayer decía la prensa que la ciudad tiene siete kilómetros en obras. A mí me parecen pocos. Yo no sé qué le debe el consistorio del PP a las empresas constructoras para tener la ciudad sembrada de trincheras. Desconozco quién se está forrando el lomo con este guirigay, supongo que los amiguetes de toda la vida. Aquí la empresa que está acometiendo el arboricidio es, para mayor guasa, una que se llama «Firmeza». Según su página web, esta empresa «ejecuta todo tipo de obra civil, tanto de carácter público como privado, siendo enormemente competitiva por los medios técnicos, materiales y humanos». Y no me cabe la menor duda, con tres empleados se pulen tres olmos de cincuenta años y qué bonito es el cemento, qué uniforme queda el panorama, ¿verdad?
Es curioso que Zaragoza florezca al mismo tiempo que arranca árboles de cuajo. Supongo que nos va la marcha. Tenemos un equipo de fútbol en tercera división al que le estamos pagando a escote una millonada, no sólo por el campo de la Romareda sino por la existencia del propio club, y si no que le pregunten a Ibercaja, cuyos clientes están enamorados con la idea. Mientras tanto despojamos de sombra la ciudad y la cubrimos de flores, como si viviéramos ya en un cementerio. Destilamos surrealismo hasta por las aceras. Y es que a veces no hace falta salir de casa para que la noticia llame a tu puerta. Estoy por apostarme algo a que al final, cuando el sol le pegue fuerte y no haya donde esconderse, las baldosas seguirán saltando y provocando caídas. Entonces será maravilloso, porque abrirán de nuevo la calle y todo será más fácil aún, porque ya no habrá árboles y sin embargo volverán a hacer caja. Se trata de florecer. Y en esta tierra florecemos continuamente.
Ya les iré contando porque mañana, si maniobran con la misma «firmeza» que hoy, me juego no sólo el olmo que da sombra a mi casa, sino la casa misma. Es lo que tiene cuando trabajas con gente «enormemente competitiva», que no sabes lo que va a ocurrir.
𝙎𝙚𝙧𝙜𝙞𝙤 𝙋𝙡𝙤𝙪

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