Se indignan cuando les llamas “asesino”. Se molestan, algunos hasta atacan en los comentarios. Pero hay algo que no pueden negar: su propia profesión lo dice todo. MATADOR DE TOROS.
No es un título poético, no es un eufemismo bonito, no es arte: matador significa matar, y toro es el animal que sufre y muere en cada corrida. Llamar a las cosas por su nombre no es insultar, es describir la realidad que ellos mismos generan.
Su indignación no es casual. Es la reacción de quien sabe que su acto no tiene justificación moral, aunque la tradición o la cultura intenten disfrazarlo. Cada corrida es violencia organizada, planificada y remunerada. Y mientras ellos se ofenden por la palabra “asesino”, la sociedad comienza a ver lo que realmente ocurre: miedo, dolor y muerte de un ser que no puede defenderse.
Trajes brillantes, música, aplausos… todo eso no cambia la realidad: un matador quita vidas deliberadamente por diversión y lucro. Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para proteger a los inocentes y mostrar la verdadera cara de la tauromaquia.
Que quede claro: la tauromaquia no es cultura, no es arte, y llamar “asesino” a un torero solo dice la verdad.
Tu sufrimiento no es cultura. Tu dolor tampoco debería ser espectáculo.






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