Últimamente algunos taurinos insisten en llamar "maestros" a los toreros. Y la verdad, cuanto más lo repiten, más absurdo suena.
Porque no, un torero no es un maestro en el sentido en que lo entiende la sociedad.
Un maestro enseña.
Un maestro educa.
Un maestro transmite conocimientos.
Un maestro ayuda a construir personas y a mejorar el mundo.
Por eso resulta tan chocante utilizar la misma palabra para alguien cuya actividad consiste en acosar, herir y matar animales en una plaza.
Además, conviene aclarar algo:
La palabra "maestro" aplicada a los toreros no es un título académico ni una categoría profesional oficial. No existe una carrera universitaria de "Maestro Torero". No hay un grado, una oposición ni una titulación reconocida por el sistema educativo que otorgue ese nombre.
Es simplemente un tratamiento honorífico que el propio mundo taurino se ha concedido a sí mismo.
Y ahí está el problema.
Porque llamar "maestro" a alguien no convierte automáticamente su actividad en algo admirable.
También podría existir un "maestro" del engaño o un "maestro" de la crueldad, y eso no haría honorable aquello que practica.
Podrán ser expertos en tauromaquia.
Podrán tener habilidad con el capote.
Podrán conocer todas las suertes del toreo.
Pero eso no los convierte en maestros de los valores, de la educación ni de la humanidad.
Porque mientras un verdadero maestro enseña a respetar la vida, el "maestro" taurino perfecciona técnicas para someter y matar a un animal.
Y esa diferencia no es un detalle.
Es precisamente la diferencia entre construir y destruir.
Por eso, cuando escucho llamar "maestro" a un torero, no puedo evitar pensar que el término les queda enorme.
Porque los maestros dejan conocimiento.
Los toreros dejan cadáveres.
¿A quién llamas tú "maestro"?


No hay comentarios:
Publicar un comentario